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El Tejido Adiposo: ¿Por qué acumulamos Grasa?

Te preguntarás continuamente ¿Por qué acumulas grasa con tanta facilidad y engordas?  

La respuesta es sencilla: Porque es un mecanismo de supervivencia ante la escasez de comida y esto nos ha salvado de perecer como especie.

A lo que todo el mundo llama “grasa” es en realidad el tejido adiposo, formado por unas células llamadas adipocitos que tienen la gran cualidad de poder almacenar grasa sin que esta se oxide y se dañe.

El tejido adiposo tiene capacidad ilimitada. Es grasa almacenada para poder utilizarla como energía en momentos en los que no hay alimento que llevarse a la boca.

Además todas las células de tu cuerpo también tienen una parte de grasa, por ejemplo, en su membrana celular, pero esta capacidad de almacenar grasas es limitada. Es una grasa que podemos llamar esencial. Y esta grasa sí puede llegar a oxidarse y dañar la célula haciendo que enfermes. Por eso tu cuerpo tiene un sistema perfecto para llevarse el exceso de grasa fuera de las células, al tejido adiposo.

El tejido adiposo recibe todo el excedente de grasa y lo almacena para utilizarlo cuando no haya comida.

 

Es importante tener un porcentaje adecuado de grasa, un poco está bien. Pero hay que evitar que el tejido adiposo se expanda más de lo necesario para que tu salud sea óptima.

 

ENTIENDE CÓMO FUNCIONA

Ante la llegada de alimento, las células de tu cuerpo necesitan energía para sus funciones diarias e intentarán almacenar lo que puedan dentro de ellas. Para esto hay un orden de prioridades:

  1. El primero de la fila es el cerebro
  2. El sistema inmune, ya ves lo importante que es
  3. Los músculos que hayan trabajado, porque necesitan reponerse
  4. Los órganos viscerales y,
  5. El músculo en reposo y el tejido conjuntivo, que sostiene el resto de tejidos.

Cuando una célula ve cubiertas sus necesidades energéticas, frena la entrada de más energía (grasa) y usa la propia grasa que tiene almacenada dentro de ella para evitar que ésta se oxide y dañe a la propia célula y por extensión al órgano al que pertenece.

Y el resto se envía al tejido adiposo para almacenarlo sin límite y sin riesgo de que se oxide.

El tejido adiposo está ahí para que los órganos más importantes no se vean dañados y para proporcionarte energía en momentos de escasez.

 

Es decir, tu propio cuerpo te está protegiendo de “los excesos” y está guardando energía para cuando no haya alimento.

Cuando el tejido adiposo se expande más de lo debido, puede afectar a funciones corporales apareciendo el sobrepeso y la obesidad y el impacto negativo que esto tiene sobre tu salud.

La más peligrosa es la llamada grasa abdominal, porque es la que recubre muchas de las vísceras e incluso puede estar dentro de los propios órganos.

La obesidad es la cuarta causa de muerte en el mundo.

 

Además, el tejido adiposo tiene otras funciones:

Permitir el gasto energético de un cerebro tan grande. El cerebro es tu órgano prioritario. En caso de carencia de alimentos, es el órgano que menos sufrirá de ese déficit. Por eso el precio que pagamos por ser “más listos” es tener una tendencia a acumular más grasa, mucho más que nuestros hermanos los primates.

Un exceso de grasa tiene una influencia negativa sobre el sistema inmune. Una proporción adecuada del tejido adiposo es sinónimo de buena salud, el exceso no.

Regular la reproducción. Si el cerebro percibe que esta grasa existe y está disponible, las hormonas sexuales funcionaran como deben y se facilitará la reproducción y la ovulación. En cambio, una disminución seria de la grasa corporal puede conducir a la infertilidad y a la amenorrea (falta de regla) en algunas mujeres. El embarazo necesita grandes cantidades de energía por lo que si tu cuerpo cree que no va a poder sustentar esta situación, bloquea el proceso reproductivo. Lo principal es sobrevivir. Por eso las dietas “bajas en grasa” no son aliadas de la fertilidad.

Regular la temperatura corporal. Lo ideal es que la grasa periférica que tienes debajo de la piel y en los músculos esté repartida más o menos por igual en todo tu cuerpo y en un porcentaje adecuado. Esta grasa te sirve como aislante térmico y por supuesto también, como fuente de energía.

 

CÓMO UTILIZAR LA GRASA DE ALMACENAMIENTO COMO ENERGÍA

Y así evitar el sobrepeso y la obesidad.

Haz una alimentación baja en carbohidratos o cetogénica para crear un entorno que facilite la quema de grasa. Cuando el cuerpo consume carbohidratos, los reduce a una unidad más simple que es la glucosa. Y cuando los niveles de glucosa en sangre aumentan, produce más insulina, que facilitar la entrada de glucosa a ciertos tejidos corporales y bloquea la movilización y combustión de la grasa.

Es decir, cuando el cuerpo identifica que hay glucosa, prefiere quemar glucosa y almacenar la grasa. Esto se debe a que tenemos una capacidad de almacenaje de glucosa mínimo mientras que el de la grasa es casi infinito. Necesitas pocos carbohidratos para quemar grasa. Y la insulina es la reina del juego.

Evita los productos procesados que están llenos de azúcares y grasas malas que te inflaman y engañan a tu cerebro y te hacen comer de más.

Espacia las comidas. Lo de comer 5 comidas al día hace que el tejido adiposo no encuentre la forma de “ceder energía”.

Haz ayuno intermitente. Ante el exceso de carbohidratos tu cuerpo entiende que no debe usar nunca sus reservas. Si le das de forma constante glucosa, sus reservas se mantienen intocables. El ayuno nos ayudó a subsistir como especie y tirar de reservas para no morirnos.

Duerme lo que hay que dormir, un mínimo de 7 horas. Mientras duermes estás ayunando.

Aumenta el metabolismo basal o energía que necesitas para realizar las funciones básicas y mantenerte con vida en reposo. Para ello la mejor estrategia es hacer ejercicios de alta intensidad o HIIT, que utilizará la glucosa para ello, pero después en la recuperación, una vez agotada la glucosa, tu cuerpo utilizará las reservas de grasa para la recuperación muscular usando más oxígeno de lo normal.

Ten en cuenta que la “quema de grasa” se hace en las mitocondrias y para ello necesitan oxígeno, o lo que es lo mismo, de manera aeróbica. Es decir, la utilización de energía en el organismo se realiza mayormente en presencia de oxígeno. Necesitarás oxígeno para quemar grasa.

Con el ejercicio a alta intensidad, quemas grasa después del entrenamiento y aumenta tu metabolismo. Pero si lo que quieres es quemar grasa al mismo tiempo que entrenas, el mejor método es entrenar a la intensidad suficiente para que no te falte el aire en la que todavía puedes hablar pero en un umbral en la que tengas la sensación de que si aumentas un poco la intensidad ya no puedes continuar hablando.

Muévete con el estómago vacío. Entrena en ayunas. De esta forma se promueve la utilización de la grasa con la finalidad de conservar las reservas de glucógeno y minimizar la utilización de glucosa.

Exponte al frío puntalmente, por ejemplo con duchas cortas de agua fría. Cuando recibes bruscamente un estímulo frío, el cuerpo debe responder generando calor rápido y estabilizar la temperatura corporal, y para ello utiliza la reserva de grasa. Otra buena estrategia son las respiraciones del método Wim Hof, que aumenta la capacidad de transportar oxígeno por parte de los glóbulos rojos.

No cuentes calorías. Cuando la pérdida brusca de peso se basa en restricciones calóricas se produce una disminución del tamaño del adipocito. Y cuando vuelves a comer normal no solo recupera su tamaño sino que se divide en otros más, exigiendo “más alimento” y con ansias de llenarse de grasa.

Deja de contar calorías y céntrate en los nutrientes de los alimentos.

 

CONCLUSIÓN

El tejido adiposo está ahí para que los órganos más importantes no se vean dañados y para proporcionarte energía en momentos de escasez.

Es importante tener un porcentaje adecuado de grasa y evitar que el tejido adiposo se expanda más de lo necesario para que tu salud sea óptima.

 

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